sábado, 25 de enero de 2014

12 Años de Esclavitud

Hablemos de dolor, rabia e ira. Hablemos de las veces que se han mostrado estos sentimientos en la gran pantalla y de la empatía culpable de hacernos sufrir con cada uno de los protagonistas que nos han abierto sus entrañas para que podamos sentir un pequeño fragmento de lo que ellos sufrían. Hablemos de las maneras posibles de llevar esto a efecto sin caer en banalidades sentimentalistas que aprovechan lágrimas que puedan recorrer alguna mejilla sin demasiada dificultad. Hablemos del temor del hombre y del temor que el hombre inflige sobre su propio hermano. Sí, hablemos del episodio más macabro de la historia de "la tierra de las oportunidades" y hablemos del mejor reflejo que se le ha dado hasta el momento; "12 Years a Slave".



En los últimos años ha nacido una dupla cinematográfica británica de esas que se ven en pocas ocasiones, que con dos únicos trabajos han conseguido conquistar a la mayoría de aquellos que se han atrevido con esas películas. Caracterizadas por interpretaciones cargadas de matices para personajes con alta carga psicológica y una dirección que destaca por su pulcritud, ponen al espectador en más de un apuro cuando se ve incapaz de reaccionar al ver su pecho encogido y su cabeza inquieta durante hora y media. Steve McQueen y Michael Fassbender tienen la culpa de películas como 'Hunger' o 'Shame', director y actor nos adentran en dos vidas muy diferentes; la de un preso del IRA dispuesto a morir de hambre por su causa y la de un adicto al sexo cuya vida da un vuelco cuando su hermana va a a vivir con él. Ambas son espectaculares y ambas nos preparan para ver lo que aún tiene que ofrecernos uno de los directores más prometedores que podamos ver ahora mismo.

Así llegamos a lo que, hasta ahora, no solo ha sido la mejor película de McQueen, si no tambien uno de los mejores documentos cinematográficos sobre la indecencia de un gran sector norteamericano que hace siglos no mostraba respeto alguno hacia los que consideraban inferiores cuando la única diferencia era la del color de su piel. Relato que adapta la autobiografía de Solomon Northup, un hombre libre esclavizado sin motivo alguno y vendido como ganado. Escalofriante y devastadora la sensación de impotencia que recorre la médula espinal cuando despierta sin saber que ocurre. En ese punto tú sabes perfectamente lo que sucede, estás ahí para ver cómo pasará sus próximo años como un esclavo, estás ahí para ver la deshumanización de una sociedad macabra e hipócrita que traficaba con humanos como si estos fueran simples máquinas, pero también estás ahí para percibir el sentimiento de aquellos que sufrían la ira injusticada de negreros sin neuronas y para ver el coraje con el que esa gente que luchaba por sus vidas.

Porque ante todo, y más que una obra sobre la propia esclavitud, la película es una obra sobre la experiencia del hombre, sobre el valor, el coraje y el amor de esos millones de personajes anónimos que sufrieron un genocidio y que son ahora un ejemplo de lucha y pasión por la vida mientras que aquellos que los sometían se han convertido en un despreciable ejemplo de los límites de la inmoralidad y la idiotez del ser humano.

Steve McQueen siempre ha sido consciente de lo que quería retratar en sus películas y eso demuestra su valía como director, en esta ocasión más que nunca. Su trabajo se vuelve más auténtico y visceral, si cabe, que antes. Un primer plano a una pastilla de jabón nunca había dolido tanto, los dedos gordos de los pies nunca se habían visto con tanta importancia y nunca habíamos necesitado tanto imágenes de sauces que calmasen nuestro interior aportando paz en una odisea de sensaciones sin límites. Controla la brutalidad y la calma, el tempo es el adecuado para que la película se deslice sin tropezar por los latigazos ni decadencia por la felicidad limitada de alguna escena. Simplemente es una maravilla de dirección que sabe apreciar a cada uno de los actores en su momento justo. Todos, principales y secundarios, cumplen su cometido y nos hacen valorar la pasión de vivir que muestra Solomon -espectacular Chiwetel Ejiofor- con primeros planos que traspasan la pantalla ya sea cantando o mirando fijamente a un espectador que acabará realmente conmovido por una mirada de dolor indescriptible. Al igual que el protagonista, todos los demás han dado lo mejor de sí, desde Paul Dano, pasando por Benedict Cumberbatch o Paul Giamatti, hasta el demonio personificado en pantalla del cual se ha encargado un Michael Fassbender tan sorprendente como siempre o la delicada Lupita Nyong'o que en su primer papel en el cine ha marcado a fuego su nombre en producciones venideras.  


Si consideráis esto pocos motivos para verla, no sabría que más deciros. Este escrito nace varios días después de haberla visto y aún me emociona pensar en más de una escena. Su relato de una nación que parecía nacida del mismo infierno choca con los testimonios de aquellos personajes encargados de autojustificar sus actos con una biblia en la mano; tu impotencia crece, la ética parecía haber desaparecido en ese episodio de la historia, y la película arrolla a cada minuto con escenas incómodas a la par que geniales. Apasionante y vergonzoso marco el que nos muestran, una película para sufrir y disfrutar (de alguna manera, supongo) del cine. Ojalá algo así nunca tuviera que haber sido contado.



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