viernes, 28 de febrero de 2014

Caníbal

Manuel Martín Cuenca nos presenta una película gélida y rígida ambientada en una ciudad con encanto propio. Carlos es un reconocido sastre que vive en Granada, todos sus clientes están contentos y son fieles a sus servicios, es un hombre reservado, pulcro y atento. Pero como todos, esconde una cara que pocas veces deja ver. Su mayor afición dejaría bastante que desear a todos aquellos que la conocieran; le gusta comer mujeres. Con los años ha creado cierta impotencia ante la figura femenina y ha comenzado a satisfacer sus necesidades carnales con eso precisamente, con carne.

Puede que una de las mejores cosas de la película sea lo mismo que me enganchó una vez me puse a verla. La primera escena es una maravilla y no requiere más que una gasolinera, un par de coches y una pequeña cabaña en la montaña. El ambiente inicial es electrizante, huele a suspense desde las primeras imágenes y extiende ese rastro a cada kilómetro que avanzan los coches. Un momento en el que el director da rienda suelta a su perspicacia y desarrolla su potencial, siendo capaz de presentar a un personaje de tal manera que esa escena marcará el resto de la película. Nos muestra su carácter escrupuloso pero también su bestia interior. La suavidad y sensualidad de las bellas curvas de una mujer tendidas sobre la mesa, chocan con ira descontrolada de las primeras gotas de sangre que recorren la mesa para caer a un cubo...

Después llega un fundido a negro -uno de tantos- y la marcha de todo decrementa de manera considerable y se avalanza sin demasiada preocupación hacia el lucimiento de los artistas que participan en ella más que hacia la propia razón de la película. Lo que antes sorprendía se transforma en una sucesión monótona de imágenes que no terminan de conectar con la historia. La sensación de no contar nada pero hacerlo con calidad sorprende tanto que al final ni la propia película mantiene las ideas claras sobre cuál era su leitmotiv o su propósito. La indecisión crea bifurcaciones con posibles desenlaces que nos permiten demostrar cuánto creemos conocer al protagonista, pero su propia condición vaga simplifica aquello que podría maravillar.


El resultado es una creación con imágenes de una calidad brutal y una demostración de maestría con la cámara en algunas escenas -como aquellas en las que los reflejos juegan a mostrar varios focos de atención simultáneamente- que resulta hueco cuando el trasfondo no acompaña, la trama en insulsa y el conjunto aburre. Otro gran punto a favor es saber que cuenta con una magnífica disposición a dejarse la piel en sus papeles por parte de los protagonistas. Antonio de la Torre puede que parezca un cansino de nuestro cine (sus películas en poco tiempo serán incontables) pero es un actor enorme, más si cabe cuando trabaja con alguien como Olimpia Melinte  (Encantado de conocerte, espero volver a verte pronto). Surge así la idea de saber contar las cosas aunque éstas quizá no sean tan importantes. La película no aporta demasiado, pero se gusta y hace que nos guste cómo lo cuentan. Una de cal y otra de arena, tú decides qué te gusta más.






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