jueves, 27 de marzo de 2014

El Gran Hotel Budapest

Bienvenidos a la fría y encantadora Europa del Este de los años 30, región al borde de una guerra que marcará la historia, pero aún inconsciente de cómo se acerca a ella. El viejo continente guarda una personalidad propia, una clase sin igual y una halo de extravagancia de ensueño. Bienvenidos al Gran Hotel Budapest, donde los problemas se olvidan y la realidad se distorsiona para dar paso a la genialidad de la invención del mundo de Morfeo

Estamos en la Tercera Planta de este maravilloso lugar de encuentro y deseo. Nos acompaña una joven portadora de una novela de pasta rosa que parece cargada con la mayor nostalgia que podía haberse escrito jamás. Cuando esa pasta se abre, se nos abren las puertas de un ascensor que nos hará descubrir el resto de niveles de este hotel. Adivinad quién es el ascensorista. De acuerdo, ya lo sabíais. Puede que simplemente estuvieras en este sueño por tener a Wes Anderson a las órdenes del viaje hacia el subsuelo de una historia contada de una manera inimitable. Él nos llevará a descubrir los secretos de cada una de las plantas de su gran hotel, construido con los mismo cimientos que el resto de su filmografía; nostalgia, comedia, drama, ilusión, pasión, inocencia, vivacidad y frescura. Todo adornado con maquetas, con su inmovilidad clásica de cámara, planos cenitales o centrados, detalles maravillosos y un casting de lujo capaz de cumplir en todas y cada una de las escenas -gracias a una dirección sublime-, aportando un valor incalculable en ese sentido a esta película.

Cuando acompañamos a la joven muchacha en su viaje hacia a la Segunda Planta, nos encontramos con un escritor en la recta final de su vida, maravillado por la pasión que ésta le ha aportado siempre y las oportunidades que le llevaron a escribir su obra. Se muestra ahora dispuesto a servirnos, dispuesto a acompañarnos hacia el momento en el que la inspiración llamó a sus puertas. Así es cómo le pedimos, por favor, al señor Anderson que haya descender de nuevo el ascensor, llegando a la Primera Planta, donde nos espera un rejuvenecido escritor (maravilloso Jude Law) para presentarnos al dueño del hotel y que todos podamos viajar con él hacia el nivel final, la auténtica motivación y pasión de esta historia. Empieza así un cuento de enredos, asesinatos y amores, desarrollado en la misma base de este peculiar lugar, donde trabajan todos aquellos que lo mantiene en marcha. Siempre están ahí. Nunca se les ve. Pero son los protagonistas de mil y una historias. Y ésta es sólo una de ellas.



Gustave H. y Zero Moustafa -Ralph Fiennes y Tony Revolori- son los encargados de mostrarnos todos los entresijos que esconde la Planta Baja de este hotel. Ajenos a las repercusiones futuras de sus actos, ajenos incluso a los 16:9 que son olvidados en la Tercera Planta. Esos entresijos que la chica joven del principio está dispuesta a descubrir cuando monta en el ascensor tres generaciones más arriba. Comienza así la que probablemente sea la idea más explosiva, subversiva y sorprendente de Anderson. En ella no falta de nada, pero tampoco sobra. Es una maravilla en todos los aspectos. Divierte, logra convertir una historia enrevesada en su obra más divertida, dando una vuelta de tuerca a todas sus propuestas anteriores aunque aún mantenga la esencia de la cálida sonrisa que siempre mantenemos cuando vemos uno de sus films. Como un juego de los detectives, nos hace participar desde cada uno de los niveles narrativos de esta historia y volver a la infancia para adentrarnos en la aventura, mientras una inigualable composición de caras conocidas pasa ante nosotros. Bill Murray, Edward Norton, Adrien Brody, Owen Wilson, Harvey Keitel, Willem Dafoe, Léa Seydoux, Tilda Swinton o Jeff Goldblum pueden dar fe de que nadie acaparará el protagonismo, todos son igual te importantes a la hora de crear escenas con la belleza de un cuadro y la soltura del cine en sí mismo.


Ahora sólo nos queda volver, y ¡qué sensanción la de ascender de nuevo hasta la planta más alta!. Tras este viaje hacia la esencia misma del hotel, no percatamos de que, sin duda, Wes Anderson ha construido el mejor alojamiento que podía ofrecernos cargando cada recuerdo con más amor y melancolía que la anterior. Hace poco escuché una definición perfecta para el cine de este ilustre caballero de la mano del programa 'Días de Cine', en el que nombraban este nuevo estilo como la "melancomedia". No se me ocurre mejor resumen. Damas y caballeros, estamos ante una película encantadora y memorable, una exposición de las mejores galas del recuerdo de años dorados que acabaron manchados por la propia humanidad. Capaz de hacer que nos sintamos vivos con un cine tan natural e ilusorio, pero también capaz de mostrarnos la cara menos amable de las personas. El veredicto final tiene una premisa bastante sencilla: no os perdáis esta delicada joya.






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