miércoles, 12 de marzo de 2014

Oslo, 31. August

Uno de los mejores chutes de la realidad aferrada a la vida de lobo solitario que puedas pegarte. No querrás desintoxicarte de algo así en mucho tiempo. Por dura que sea esta droga, es de calidad... Anders es un personaje obtuso dibujado sobre un mapa impersonal de un ciudad cualquiera, en este caso, Oslo. Dicha urbe se nos muestra de manera ligera pero de una manera cuidada, con una gran admiración hacia ella, para rodear por completo a un ex-drogadicto agobiado con la realidad, que busca vivir bajo un velo de oscuridad incierta, abocado al terror de la soledad y el rechazo, expuesto a un mundo cuya rueda siguió girando cuando él saltó por conocerla a ella, la heroína. Ahora, rehabilitado, debe enfrentarse de nuevo a la vida, debe anclar en un punto desde el cual poder coger impulso para volver a aferrarse a aquello que perdió y volver a conocer a aquellos a los que dejó atrás. Asignaturas pendientes, que debe recuperar en Septiembre, momento en el que alzar la vista para volver a ser. Pero, ¿se puede volver a ser?


Mira a su alrededor y todo ha continuado, mira hacia su pasado y todo se ha transformado sin contar con que él no estaba allí. La película desarrolla un complejo ejercicio de memoria construyendo un puente entre su pasado y el presente, e intentando establecer la conexión con el futuro para que este no sea catastrófico. Los diálogos ahondan en los sentimientos de los personajes sin pecar de insustanciales e inútiles, si no más bien como un poema a la melancolía y un reflejo del paso del tiempo en unos individuos desgastados por el mismo. La sensación de estar rodeado por una multitud de gente pero tener la soledad encima se contagia en cada escenario elegido para contarnos estas escasas horas, llegando a su esplendor en la escena del restaurante, en la que la muchedumbre abarca sus pensamientos en vano, siendo esto un grito a la necesidad de afecto, una llamada a la humanidad que cualquiera le pueda ofrecer.... Una escena deliciosa y amarga al mismo tiempo.




Las imágenes son tratadas con delicadeza. Tanto la dirección del film como su actuación son soberbias, algo que se palpa en el realismo que supura por cada poro de su protagonista y las escasas -pero intensas- lágrimas que caen cada vez que su mente se aferra en coger la salida más rápida de la vía. Porque eso es precisamente uno de los alicientes de esta película, la constante presencia del fin -temido desde el principio de la cinta- y cómo es capaz de evocarlo sin precipitarse. Un poema convertido en imágenes que delata las frustraciones de su protagonista y ensalza su amor. ¿Quién dijo una película de drogas? Es una película sobre el paso del tiempo, la necesidad de amor, las obsesiones que nos machacan, la amistad y cómo esta se altera, se transforma, muta para adaptarse, pero también es mutilada. Si a esto le añadimos momentos como un maravilloso plano secuencia al llegar el día 31 de Agosto, obtenemos una mezcla explosiva de serenidad y rabia, de descontento y amor, de sinceridad y aflicción.


 




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