domingo, 13 de julio de 2014

Borgman

Ganadora de la última edición del festival de Sitges, Borgman llega ahora a las salas comunes de nuestro país, aunque realmente podremos verla en muy pocas. Dirigida por el holandés Alex van Warmerdam, se trata de una película fuera de los límites del cine de actualidad, una película trasgresora ante una cartelera insulsa, que no se cierne a ningún género en concreto e indaga más allá del propio cine para crear controversia en los espectadores, nutriendo así su éxito de la sorpresa en aquellos que puedan tener curiosidad por ella, valiéndose únicamente de un personaje central entorno al que girará el mundo entero y una casa tranquila a las afueras de la ciudad.

Camiel Borgman es un 'rolling stone' que no tiene dónde caerse muerto. Perseguido por una comunidad cristiana, como si del mismísimo demonio se tratara, y expulsado del bosque donde habitaba, acude a una mansión de las afueras para buscar un lugar donde quedarse. El día a día de una familia aparentemente sencilla y acomodada se ve trastornado con la aparición de este personaje, determinante a partir de ahora en las acciones del resto de individuos. Borgman se convierte en una insignia manipuladora que se muestra como la representación de los horrores y las desgracias que otros querían liberar, una fuerza malvada y antinatural que se adentra en la realidad de otros usurpando un lugar en su conciencia y buscando un lugar en sus vidas. Cuanto menos inquietante.


Este dantesco atrevimiento de realidad inverosímil está protagonizado por un desconocido Jan Bijvoet, cuya solvencia en el papel hace galas de la propia solvencia dramática de un guion desconcertante e inquietante, aunque pretencioso en puntos ilusorios y borrosos. Es de agradecer su propia idea de humor negro en algún punto en el que tienta al aburrimiento, siendo capaz de superarlo con escenas que remueven el estómago y aumentan la sensación desagradable que prevalece durante todo el film. En su contraste de serenidad y brutalidad surge quizá su debilidad y su mayor punto a favor al mismo tiempo.


Aunque con cierto recuerdo a dos películas europeas que marcaron el cine del continente, no consigue la aplastante sensación de agonía tras la intrusión de lo desconocido que sufrimos en 'Funny Games' (Michael Haneke, 1997), ni desmonta nuestra concepción del orden establecido como nos ocurrió con 'Canino' (Giorgos Lathimos, 2009). Se trata, al fin y al cabo, de una obra visceral en cuanto a la sensación íntimamente desagradable que nos aborda tras la sencillez que con la que se trata la violencia mientras intentamos encontrar sentido a este endemoniado personaje y sus secuaces. Interesante, ácida y desconcertante, aunque deje un sabor de boca incierto.



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