viernes, 29 de agosto de 2014

Locke

Hay quien dice que gran parte de las barreras que se encuentran en el camino las establece cada uno para sí mismo y que la manera de superarlas pocas veces nos las enseñaran otros. Tom Hardy y su personaje, Locke, lo demuestran sobradamente en esta producción británica que irrumpe silenciosa, pero puede calar más hondo de lo que parece. El primero sigue superando obstáculos con papeles variopintos de grandísimo nivel como son los de 'Bronson', 'Warrior' o el de este propio filme, llamando la atención por la increíble paleta de registros que puede abarcar y la calidad con lo que lo hace. A su vez, Ivan Locke nos enseñará que lo mejor para los problemas es afrontarlos de cara, con valor y sudando la gota gorda, si es necesario, como él mismo hace en este thriller cargado de tensión emocional, responsabilidades cruzadas y preguntas éticas hacia uno mismo, en el que la adrenalina no llegará por la velocidad a la que conduce, sino por las llamadas telefónicas que nos relatan los acontecimientos a tiempo real.


Con un guion puramente teatral basado en diálogos más que en acciones, la ficción se traspasa al plano cinematográfico con el movimiento continuo de un coche en el que viajan por igual la agonía y la responsabilidad de un nuevo comienzo. Locke busca redimir sus pecados en un viaje de poco más de una hora en el que intentará dejar todos los cabos atados a sabiendas de que su mundo se ha volcado por el sumidero. Esa misma sangre fría es la que ha tenido Steven Knight para rodar la película que hace real un drama incómodo y desgarrador a pesar de que la semilla de la que sale este árbol se comparta con más de un telefilm. La dirección elegante y efectiva desprende una bella sencillez adornada por iluminación y el sonido; realmente trabajados. La cuidada fotografía recuerda a la poderosa 'Drive' mientras que el sentimiento claustrofóbico es capaz de pisar los talones a 'Buried' -salvando las distancias, a sabiendas de las claras diferencias que las separan-. Todo en ella parece tan milimetrado que su propio tempo puede fallar en la precisión cronológica en la que se siguen las llamadas, pero eso no entorpece su definición como un brillante experimento.


Saben mantener la esencia de su carga psicológica y no traspasar un umbral sin retorno. Saben hacernos partícipes de sus decisiones, activando nuestras emociones inherentes  durante un viaje sin retorno. Pero lo mejor de todo es la sensación de que -claramente- saben lo que tienen entre manos a cada momento y explotan una dinamita de tensión dramática cada vez que suena el manos-libres, consiguiendo que la idea de salir del coche sea inútil y creando un hilo de continuidad creíble que evoca el efecto creado por un gran plano secuencia, en cuanto a la acción en tiempo real se refiere. Por mi parte, me quito el sombrero ante esta obra que no solo incomoda, sino que hace reflexionar sobre el valor de ciertos aspectos cotidianos y sobre la manera de afrontar dificultades.


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