lunes, 29 de septiembre de 2014

10.000 km

Los festivales de Austin y Málaga han marcado el cartel de esta historia de amor -y/o brutal desamor- en la que los límites sentimentales de sus personajes son puestos a prueba gracias, en parte, a la forma en la que Carlos Marqués-Marcet se desenvuelve como pez en el agua con su primera película, demostrando que muchas veces más, significa menos, que lo que está al alcance puede ser lo más efectivo y que el virtuosismo de un buen director se puede demostrar igual con métodos elementales y limitados, sin necesidad de pirotecnias artísticas. Así precisamente es como se presenta en su primer largometraje al decidir que su primera escena sea un extenso plano secuencia que consigue plegar espacio y tiempo dentro de un pequeño piso de Barcelona para reproducir la unión de la pareja antes de poner al Atlántico por medio y comenzar una filmación al estilo siglo XXI en la que internet y las nuevas tecnologías tienen mucho que decir.


Alex y Sergi buscaban un hijo y se encontraron un océano. Cuando ella decide aceptar una beca para irse a Los Ángeles, ambos están decididos a mantener la llama del amor viva, pero no más lejos de la realidad, en poco los problemas comienzan a florecer. La realidad es frágil y las personas débiles, los sentimientos se encuentran en la distancia y una webcam sabe a poco cuando añoran el roce de aquel que está en la pantalla. Por suerte para todos, disfrutaremos del sufrimiento gracias a la maravillosa dupla que forman Natalia Tena y David Verdaguer, a pesar de los cortes bruscos entre sus conversaciones a los que nos acostumbraremos, pero no por ello agradeceremos. La película no parece si no una montaña rusa de sentimientos y sensaciones con altibajos bien estudiados, mejor hilados, pero en ocasiones algo forzados y faltos de ritmo que dejan al espectador descolocado e incómodo esperando una resolución que llega en forma de amarga bofetada de expresiva objetividad; real, formal, sensata, pero sobretodo, creible.


Una llamada a la madurez cinematográfica de nuestro territorio nacional, a la sensatez fílmica y el aplomo de la realidad, aunque en ello pueda despertar algún bostezo, sin llegar a generar desconexión con ella, por suerte. En conjunto, crea una fiel recreación de la relación a distancia, el quiero y no puedo, el deseo ahogado por los kilómetros, la soledad del recuerdo y el miedo al olvido. Una buena película de esas que hablan del rancio desamor con el que pocos se atreven a meterse y que no busca precisamente el buen sabor de boca, prefiere ajustarse a la coherencia y el desconsuelo que nos hace sentir vivos.


1 comentario:

  1. Yo me esperaba mucho más de esta película, la verdad. Por todo lo que había leído sobre ella, me esperaba algo perfecto. No está mal, pero las actuaciones no me terminaron de convencer; algo frías para mi gusto. La historia en general y como se cuenta, sí me ha gustado.

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