miércoles, 22 de octubre de 2014

Perdida

Ya han pasado años desde que comenzó mi relación con el cine y, como cualquier otra relación, no es fácil en muchos momentos; las fuerzas flaquean, lo rutinario puede dejar a un lado las ilusiones que antes eran sorpresas, cada vez te apasiona menos una película nueva, el tiempo muchas veces juega en tu contra... Pero los detalles marcan para siempre nuestros enlaces, sean con el cine o con quien nosotros decidimos compartir momentos. Uno de los pequeños detalles que influyeron en cierto modo a que cayera rendido ante el mundo del celuloide fue el cine de David Fincher, ¿quién no se enamoraría si en las dos primeras citas te regala la escalofriante 'Se7en' y la frenética 'Fight Club'? Si bien nuestra relación ha pasado por algún bache -véase 'Alien3' o 'Panic Room'-, él siempre ha sabido cómo contentarme y manipularme llenando mis vacíos con cosas como 'The Curious Case of Benjamin Button' o 'Zodiac'. Y ahora, querido amigo, llegas a mí tras dos películas que me fueron algo indiferentes (diciendo esto sin poner en duda su calidad en ningún momento) y apareces para regalarme PERDIDA.

¡Oh, señor! ¡Gracias que has venido! ¡Creo que he recuperado esas ganas de ver cine que en los últimos meses estaban decayendo! Hoy me siento capaz de decirlo abiertamente... DAVID FINCHER, TE AMO. Ni más ni menos que a otros creadores de ilusión y realidad en la pantalla, pero me has cautivado. Y lo que es mejor aún, por cosas así son por las que sé que siempre caeré rendido ante el CINE.

¿Qué ocurre? ¿No esperabas leer algo así? Yo tampoco esperaba encontrarme una película de estas magnitudes. 'Perdida' es enorme en todo lo que se propone; la magnitud de su guion sobrepasa el propio espacio narrativo que se subleva a disposición de su hacedor; la intriga supura en cada plano con la misma frialdad de los colores apagados que predominan a cada instante; la sensación de veracidad en la historia provoca un 'déjà vu' constante que funciona a la perfección como crítica burlesca de la sociedad en un marco indiscutible para una historia morbosa y tenue; pero lo que es mejor aún, el tiempo que terminas reflexionando sobre ella es extenso, contundente y excitante. Su factura parace resultar impecable, no sólo te hace disfrutar dentro del cine, se guarda en tu memoria para acompañarte un tiempo. Se trata de una obra convertida en un potente clásico del thriller al instante que nada tiene que envidiar a hermanas mayores como 'Se7en' u otras grandes obras de género como 'Mystic River'.



David Fincher como director demuestra su valía y audacia para trasmitir aquello que las líneas de Gilliam Flynn le sugerían, para desmontar siempre que quiera las barreras mentales que el espectador acostumbra a poner cuando intenta tener un final prefijado -algo imposible en este caso-. Fincher retoma su juego de perspectivas con la cámara para mostrarnos con rigor la posición de cada personaje respecto a los de su alrededor, creando un continuo ambiente manipulado para que el suspense no decaiga en ningún momento, pero a la vez consigue un fluidez natural con planos abiertos, travellings o la utilización de medios de comunicación para demostrar la magnitud de la noticia, así como con la inclusión de piezas musicales acertadas en cada momento.

Los ideales preconcebidos del matrimonio son desmoronados gracias a la destrucción de los personajes arquetípicos que aparecen en un principio. Ben Affleck y Rosamund Pike interpretan a la pareja perfecta, con trabajos perfectos y vidas perfectas, pero su realidad esconde otras cosas. A pesar de las limitaciones de Affleck como actor, ambos son capaces de entrar en este perverso juego fílmico en el que el verdadero vencedor es el espectador, quien se ve obligado a abordar debates internos sobre la idealización de la persona amada, la naturalidad fingida en busca de una falsa felicidad, la manipulación o intención de mutación para conveniencia propia o ajena. Surge así un íntimo debate dentro y fuera de la sala en el que las relaciones, la perfección adulterada y la sociedad se ponen contra las cuerdas, iniciando una partida de ajedrez entre aquellos que parecían la maravillosa pareja de américa y se convirtieron en dos extraños dispuestos a destruirse por las circunstancias de la vida, desarrollando así un estudio de relaciones y moralidad, que roza cada vez más la perfección a partir de la imperfección humana.



Sin querer hacer demasiada alusión al verdadero contenido de la película, es conveniente destacar que en ella el argumento no es su principal escaparate de presentación, si no más bien un juego inicial que durará poco. Lo verdaderamente importante aquí es su desarrollo, es decir, la evolución de la película, el guion y las expectativas del espectador. Conseguir centrar la atención durante dos horas y media es de lo más difícil que se pueda conseguir hoy en día en el cine, pero para esta película no es problema alguno gracias a su transformación continua y las posibilidades que esto aporta. Todo es posible en ella y el final podría haber llegado en cualquier momento. En cada fundido a negro rezas porque no sea el definitivo y la película no acabe nunca. Esto, amigos míos, es disfrutar del cine. Y yo, personalmente, llevaba mucho sin disfrutar tantísimo de una película de estas características; una película hipnótica, sagaz, tensa, retorcida... pero sobre todo, una película que se ha ganado un puesto espectacular entre los mejores thrillers de las últimas décadas.


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