viernes, 3 de julio de 2015

Perdiendo el Norte

Dos amigos y un propósito; buscarse la vida en el extranjero. ¿El destino? No podía ser otro lugar, si no la Alemania dirigida por una Merkel que se frota las manos ante la llegada de generación con una preparación que muchos entienden como absurda cuando nadie logra trabajar de aquello que desearía. El pretexto de esta odisea no podía ser más típico, incluso un tópico, y busca su propia efectividad en la carencia de sentido y humanidad que -por desgracia-  se ha convertido en un día a día en los últimos años. Sus ganchos cómicos, cuando no rozan lo escatológico, se basan en una situación tan real como cruda, llegando a perderse en un intento de crítica/sátira hacia la sociedad, sus movimientos y comportamientos, que no lleva a ningún sitio más que el entretenimiento, en contadas ocasiones. 'Perdiendo el Norte' aprovecha la crisis tanto económica como moral que sufrimos para crear una comedia de manual, una comedia que bien podría ser serie de bajo presupuesto firmada por cualquier cadena española en uno de sus intentos fallidos de parecer un canal con menos telebasura.

Las gracietas aparecen y pueden llegar sacar alguna sonrisa sincera en ocasiones, no vamos a engañar a estas alturas; incluso el personaje de Julián López como "el gracioso" de la historia resulta en algún punto el filón que saca a flote esta inútil historia. En realidad, y siendo honestos, eso es obra y genialidad de este actorazo de comedia en el que se ha convertido, consiguiendo hacernos reír donde el guión no funciona. Por lo demás, la estructura arcaica de la comedia romántica es tan calcada a lo que hemos visto mil veces que puede ser lo único justificado, a la vez que lo más aburrido. Las líneas parecen tomadas directamente de las mil y una manifestaciones, o proclamaciones online, sobre la realidad de nuestro país, lo que resulta tan ridículo y falto de ideas que puede llegar a ser ofensivo para el espectador. La atemporalidad de los gags provoca una sensación de un avance forzado que rompe con las ideas más profundas recalcadas por el veteranísimo José Sacristán, lo que resulta el enlace perfecto con la comparación obligada a la situación de exilio en la pos-guerra y dictadura, recordando aquella auténtica "Vente a Alemania, Pepe!".


 La dirección no trasciende ni decide tomar riesgo alguno. Nacho G. Velilla trabaja con la película como si de un capítulo de Aída se tratase con el maniqueísmo y la ridiculización típica de los personajes para crear un ambiente paradójico sin motivaciones, gracia ni carisma, al carecer completamente de un mínimo riesgo narrativo y explotar al máximo una dirección plana, insípida y aburrida. Habrá quien la haya disfrutado, pero echamos de menos un toque más arriesgado, un poco de carisma y picardía, diálogos que no opten por la frase fácil o la sátira redundante y algo más de frescura en una historia de la que conocíamos el final antes siquiera de emprender los primeros pasos del viaje. En definitiva, cine de actores conocidos, que busca el taquillazo con mínimo esfuerzo y el enganche hacia el público a raíz de una realidad sufrida en la crisis social y de valores -valores que también se echan en falta tras acabar esta película.



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